Entre la ciencia y el arte: un encuentro perfecto para el aprendizaje

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La integración del arte en el modelo educativo STEM -convirtiéndolo en STEAM (en español Ciencia, Tecnología, Ingeniería, Arte y Matemáticas)- tiene el propósito de fomentar la creatividad en los procesos de enseñanza de la ciencia. Como profesores podemos echar mano de esta disciplina para fomentar la curiosidad y el desarrollo de las habilidades artísticas de nuestros estudiantes como apoyo en su proceso de aprendizaje.

 

 

Foto: Flickr

Cuando un profesor de química inicia su clase frente a un grupo de inquietos estudiantes de secundaria y comienza a proyectar una serie de imágenes que muestran esquemas de modelos atómicos a lo largo del tiempo, varias situaciones pueden suceder. Por ejemplo algunos estudiantes tomaran notas, otros más atrevidos harán preguntas para intentar comprender cómo Rutherford o Bohr lograron dibujar algo que en principio de cuentas nadie había visto antes; otros más distraídos dibujaran en su cuaderno o verán por la ventana deseando que algún súper héroe aterrice en el patio de la escuela y los salve del tedio de la clase de química.... pero no, esto último no sucederá.

Los modelos químicos son abstractos y las ecuaciones que los acompañan lo son aún más; enseñar y aprender sobre el átomo es complejo pues no podemos mostrar a nuestros estudiantes un átomo en el laboratorio o llevarlo en una caja de cristal a la clase. Lo que sí podemos hacer, es echar mano de la creatividad y las habilidades artísticas para fomentar la curiosidad y dar rienda suelta a la imaginación para llevar a los alumnos por un momento al mundo en el que vivían inmersos los científicos que tuvieron estas grandiosas ideas.

La integración del arte en la ciencia permite comprender y explicar fenómenos que son cotidianos pero que no podemos ver a simple vista, fortaleciendo la capacidad de establecer analogías con situaciones ya conocidas y desarrollar la construcción de argumentos.

En Estados Unidos y Europa desde la década de los 90 se acuñó el término STEM para un modelo educativo que unía ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas; décadas más tarde se decidió agregar una letra más a las siglas para convertirlas ahora en STEAM e incorporar el arte a la enseñanza de la ciencia.

En mi aula de tercer grado de secundaria decidí llevar la “A” de arte con todo su poder y su peso para encontrarse con el también poderoso átomo. Pedí a los estudiantes que llevaran a clase material muy simple: una mica, cartón, marcadores indelebles azul y rojo y hojas blancas de papel. Como en cualquier clase dedicada a la enseñanza de modelos atómicos proyecté las imágenes del átomo de Dalton, Rutherford, Thomson, Bohr y hasta el de Schröedinger; no di mayor explicación ni de las partículas, ni de los orbitales o nubes de energía. Después les pedí que se reunieran en grupos de trabajo colaborativo y eligieran el modelo que les parecía más bello. Es importante hacer énfasis en esto, en la belleza, en la estética; esta vez no se trataba del modelo más acertado, interesante, completo o complejo.

El objetivo de la actividad era que cada grupo creara un anaglifo con el modelo atómico que más les gustara y además fabricaran con ayuda del cartón, la mica y los marcadores lentes aptos para poder ver su figura en tercera dimensión. Los alumnos se mostraron entusiasmados y en no más de media hora habían fabricado sus lentes y las figuras. Entonces hicimos una pequeña exposición para que todos vieran las figuras propias y de los demás.

Cuando se desarrolla una actividad de este tipo, es importante que en esa sesión o en una posterior se hable sobre la experiencia de la elaboración dejando que los estudiantes compartan libremente lo que pensaron, sintieron y observaron. Posteriormente, a través de preguntas guía se analizan los resultados: ¿Cuál creen que sea el modelo que más se acerca a la realidad?, ¿por qué?, ¿creen que hacer modelos es válido para explicar la naturaleza?, ¿qué aprendieron?, ¿por qué creen que el modelo atómico ha evolucionado?, ¿los modelos que dibujaron se parecen a alguna otra cosa que hayan visto en la naturaleza?, ¿podrían proponer un modelo diferente?, ¿podrían dibujar a un ser vivo o a un ser humano con una estructura similar a la del átomo?

El arte aplicado en una clase de química estimula el pensamiento creativo y la empatía, libera el estrés en los alumnos y genera un ambiente de aprendizaje y colaboración.

En este punto, los estudiantes comienzan a comprender que la capacidad de dividir la materia en partículas cada vez más pequeñas nos permite comprender muchos fenómenos y explicar el funcionamiento de muchas cosas que hoy son cotidianas. El conocimiento de los modelos atómicos se convierte en algo importante para ellos pues logran llegar a esa primera explicación, vuelven tangible algo que no ven, establecen analogías con cosas que conocen y desarrollan la capacidad de construir argumentos.

El conocimiento y la comprensión de los modelos químicos son esenciales en la enseñanza de la ciencia; incorporar actividades artísticas permite a los estudiantes que les cuesta más trabajo comprender conceptos abstractos relacionar estos conocimientos con otra abstracción que les es más familiar: el arte. Permite, además, liberar estrés, estimular el pensamiento creativo y la empatía, crear un ambiente de aprendizaje y de colaboración.

No se necesita ser un docente con grandes habilidades artísticas para implementar este tipo de dinámicas; en realidad, se necesita que el docente haga estas actividades constantemente para estimular su propia creatividad y poderla llevar al aula.


Acerca de la autora
Sofía López Olalde es Ingeniera Química egresada de la UNAM y Maestra en Planeación Estratégica en Ingeniería y Tecnología por la Universidad Anáhuac. Tiene experiencia docente en secundaria, bachillerato y educación superior.